La mayoría de los aficionados al Granada desconocían sus exclusivas dotes para el balompié cuando, allá por el mes de septiembre, llegó a la ciudad de la Alhambra .
Sólo unos pocos aventurados que lo habían visto trabajar en los campos de Antonio Sánchez –ahí lo llevas, querido Fran Olmo- sabían de lo que era capaz nuestro menudo personaje. Porque aquí está la cuestión: no es ni el más alto, ni el más rápido, ni mucho menos el más fornido o vistoso para el aficionado. Es simplemente el mejor.
“Si encaraba, era un chupón. Si defendía, obviaba el ataque. No encajaba.”
La fantasía y la calidad son tesoros tan preciados como escasos, y por consiguiente incomprendidos, en los días que corren. Aquél que tiene una pizca de imaginación o don, vive en una línea desproporcionadamente endeble que separa al genio del bicho raro. En términos futbolísticos del aficionado más racial y puro, al crack del paquete. En esa línea se mueve nuestro protagonista.
No lo pasó bien durante la primera parte del campeonato. Nuestro trescuartista –así lo llamaremos, para indignación de Fabri-, alternó banquillo, grada y titularidad sin responder a un juicio coherente con su rendimiento en el campo. Se le exigía que encarara perolo tachabande chupón. Si trabajaba en defensa, su labor era cuestionada por su no especialización en la materia y obviar el ataque. Si le llegaban sandías y no balones, la culpa era suya por no marcar diferencias con rivales y compañeros. Sencillamente no encajaba. Lo suyo era verso, no prosa.
“Ya no es el enchufado del Benfica. Ahora es Franco Jara. El Diez del Granada.”
Pero un día de enero todo cambió. Nuestro chiquito mediapunta vio la luz al final del túnel futbolístico de especulación y mezquindad en el que se encontraban tanto el equipo como él. Llegó Abel y nuestro protagonista explotó, ocasionando un Big Bang balompédico que la nueva generación de aficionados al Granada CF jamás había visto sobre el verde del Nuevo Los Cármenes. Ya no era un simple enchufado del Benfica. Ya era Franco Jara, el Diez del Granada –pese a que su camiseta intente despistarnos mostrando el dorsal doce.
En un fútbol milimetrado donde cada día la técnica y el atrevimiento se ven más acotados que nunca por el físico y la excesiva planificación, donde elfantasista –como es conocido este espécimen en Italia- se ve desterrado a las labores de albañilería y no de ornamento, el nuevo estilete rojiblanco ha pasado de ser una gota de calidad en el inmenso océano de antifútbol que planteaba Fabri, al bote salvavidas más fiable al que agarrarse en la remontada granadinista, con permiso de Mikel e Íñigo.
Disfruten de él de aquí a final de curso, porque no tiene pinta de que vaya a quedarse. Su calidad es considerablemente superior al nivel deportivo de la entidad. La lástima es que los medios idóneos para verle triunfar –la posesión y la verticalidad- no se hayan dado hasta febrero.
Empiecen a quedarse con imágenes como las del último domingo. Le llegará el esférico, esperará al rival –para regocijo tanto de la afición como propio- y, tras encararlo y dejarlo literalmente sentado, finiquitará la jugada más bella del partido. Porque Jara es como el ciego de Sabina y no mira para atrás.
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